Letras

¿Pensará en mí, con el adusto
rostro de los finales merecidos,
vibrará
al compás de una dulzura que se añeja?
La madurez del fruto
exhaló un hondo aroma intenso
que nos hizo, por fin,
bajar los ojos.
¿Verá,
como ahora presiento
-sólo temor
temblor estéril-
nuestra vida marchita?
Finos tallos vencidos
y un agua turbia
opacando el cristal.
Búcaro roto,
guárdanos
del torrente insensible del amor
guarécenos
debajo de tu alero de neblina
cuando soplen los vientos destructores,
ampara
las pequeñas y pasadas alegrías,
escucha
sí,
y perdona
con la sola indulgencia de tu saber de mí,
de él,
de cada uno,
esta plegaria atea más débil que los trazos,
la letra diminuta
con que escriben las lluvias.

Sombras chinas

Quisiera ser
esa pared
olvidada de sí
donde se proyecten
tus agitadas sombras chinas
tu figura inquieta que no se imprime
la sucesión infinita
de tus formas
que pasan
o mejor aún
no la pared
sino la estela
que tus sombras, al moverse
describirían en el aire

Formas

De los signos al rasgo
el dibujo del mundo
sobre materias blandas
la arcilla de la cara
modelada
días de amor de odio
el trazo del hastío
la inocencia
un brillo de ojos claros
su melena
de ópalo oscuro
impredecible
veo el trayecto del soplo primitivo
la ruta de la lluvia
arcilla, sí
barro difuso
suelo
soporte del augurio y la amenaza
en ellos
el corazón idéntico
en todos ellos
un rumor
de nana o salmo
la fugaz condición
de lo que es siempre
asomando en el brevísimo
ademán de los dedos
en el marcado rictus de los labios
como un fulgor de fuego de entrecasa
o pan que cruje,
cierta dulzura.

Podrían oirnos

Murmullo íntimo
que apaga
sobre mi boca
la reja
de tus dedos.

Tarjeta postal

La belleza mortal
está hundida en el sueño,
en la caverna en sombras
centellea.
La adviertes y desciendes
-ruegas porque deseas-
la imagen en reposo
el instante perpetuo en que se roza
el alma de la piedra.
Tu voluntad de amor
perfuma como sándalo
amas en anchos círculos
las ondas de tus aguas
la rodean, abarcan
la cama donde yace
muda
hermosa
quieta
ajena y tuya como todo
lo que rasga el puñal de la mirada.
Con sus tímidas manos
el césped y el rocío la defienden,
mantienen
al reparo del viento
que dispersa el pasado y el futuro
el ardor primigenio de las lámparas.

Haz de luz

La lámpara se enciende aún si el tiempo
enrieda sus hilachas en tullidos relojes.
Duermes cuando yo escribo, escribes mientras duermo,
tu ventana está a oscuras
cuando la mía desfallece, sorda
entre los altavoces confusos del verano.
Las luces no descienden, las palabras
apenas condescienden
a derramar el verbo sobre el cuerpo
así el soplo te anima
y el ánima se encarna.
El otro. El otro. El otro,
la espalda endurecida del sí mismo,
el espejo, el reflejo.
Uno más, otros tantos,
la otra que es amante y el amante, si es él
la no amada, el no amado,
aquellos que estuvieron rozándose en su sitio,
y la suma continua que supera los mil.
Tantas manos aporrean con furia el mismo piano
que la música acopla cada copla
y sin embargo,
te entiendes y me entiendes si te extiendes
porque a la luz me ves, vemos clarísima
la lámpara de Psique que contempla
el rostro amado de Eros
e intuye un corazón común a todos,
donde la nota única
repica y se repite
combinada.
Sagrado corazón,
tu pecho desgarrado hacia lo abierto
sagrada tu caricia
sobre el dulce cerrojo
que hará líquido el mío, a contraluz.
Mana sangre en la imagen:
los ojos son la trampa y el pasaje
un capricho de dioses, este bello momento
esta gloria pequeña que se arropa en los días
a partir de la cuna,
la semilla granate donde principia esto:
¿ser pato de la boda, o pavo de la fiesta?
No, no quisiera guardarte, no deseo
que alcances la distancia de una idea
no entiendo de razones,
la escena siempre muda es incansable
se desdobla y repite de un siglo en otro siglo.

Llegado este momento, en el teatro
diría una partiquina
"la cena está servida",
pasemos sin demoras a la sala contigua.

Navidad de los pobres

Es tarde
ya vimos como el sol
se hundía
entre rosadas luces
nubes púrpuras.
El jardín del verano cambia
a medida que la noche
lo dibuja borrando los contornos
la sombra aparta
morosa
aquello que de día
parece necesario
y ahora sobra,
es lastre del exceso.
La noche está desnuda
camina entre nosotros
y hace frío.
No hay luna.
La distancia es un país
de golfos y penínsulas
ahora desolados
sólo extremos
solos
en esta sombra extensa
que es el mundo,
entre aquello sin ropas
que deja ver sus huesos
en lento deshacerse,
su desmayo de polvo.

con algunas dulzuras
tus manos que sostienen la copa todavía
me acercan
hasta el borde de la boca
la taza
(o a la inversa)
siento el cáliz de tu mano,
el perfumado vaho de las hierbas
su calor
tu firmeza
aunque no vea nada desde aquí
salvo la densa oscuridad
de mi vestido negro
de fiesta y agonías:
las migas en la mesa.
A mis espaldas
desnudo como se llega a algún lugar
como todos nos iremos algún día
viene
y es sombra dentro de la sombra
aire del aire.
Cubre con lana rosada
-rosa de angora-
mi escalofrío
la serpiente prendida
de ese revés de mí
que le está dado ver y a mí se niega.
Abriga. Cubre y abraza.
Como el ángel de Rilke
su amor me guarda,
me da a beber de la belleza
me cuenta entre las cuentas
del mítico collar
(falsas las perlas, el brillo verdadero)
que hilvanan sus palabras y las mías
con el hilo absoluto
que resiste los filos
(dientes de monstruos,
uñas y garras)
porque es vida
que por fuerza se anuda,
cordón sagrado.
Ni siquiera hace falta que sugieras
que sabrás deslizar
con hábil mano
copa
cáliz
el vestido nocturno de agonías
hasta el húmedo césped del jardín.
No hay más sorpresa que la aurora
de alguna vez tus manos
sobre el cuerpo
donde hiciste
la casita de cuento de tu alma,
la pura síntesis,
eso
que nos quedamos contemplando
-los dos desnudos desde siempre-
cuando el jardín ya no se ve.